QUIEN PUEDA DECIR ADIÓS

Rubén Pérez Trujillano

A Antonio Gamoneda

La luna afila los silbidos de la fuente.

En la oscuridad mi amor está loco de vida.

Mi luz es un canto inaudible. Quizás siente

el murciélago blanco la hondura de la herida.

Miríadas acuáticas de luces.

No es química, bien lo sabes,

este deseo, sino alquimia

de lo que es verdad ahora.

Un redoble de campanas

en la fecunda noche. Alguien

será sangre solo de amanecida.

Pero ahora ¡silencio! La leche de la luna,

el jazmín, el encaje, una brisa.

Reflejos y cosas.

Por fin el mar se ha dormido.

Un simulacro arde.

Lava tus manos, o no, en el agua

que es dulce ahora.

Algo, alguien duerme,

y es la lentitud del cielo

un árbol en tu carne.

En mi cintura arden las rosas.

Tú, que purificas tu alma, has de saber

que no soy quien pueda decir adiós,

ni es tarde.

               

 

 

 

 

 

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