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QUIEN PUEDA DECIR ADIÓS
A Antonio Gamoneda |

| La luna afila los silbidos de la fuente.
En la oscuridad mi amor está loco de vida. Mi luz es un canto inaudible. Quizás siente el murciélago blanco la hondura de la herida. Miríadas acuáticas de luces. No es química, bien lo sabes, este deseo, sino alquimia de lo que es verdad ahora. Un redoble de campanas en la fecunda noche. Alguien será sangre solo de amanecida. Pero ahora ¡silencio! La leche de la luna, el jazmín, el encaje, una brisa. Reflejos y cosas. Por fin el mar se ha dormido. Un simulacro arde. Lava tus manos, o no, en el agua que es dulce ahora. Algo, alguien duerme, y es la lentitud del cielo un árbol en tu carne. En mi cintura arden las rosas. Tú, que purificas tu alma, has de saber
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